Tenías un nombre, un sonido distintivo.
Tus padres mecían sus labios, acomodaban su lengua
y el mundo se mecía también en su cuenco.
Tus padres silbaban tu nombre,
conocían como sonaban los cerros,
como se pronunciaban los nombres de los duendes,
como se invocaba el espíritu del agua, del fuego, del barro.
Tus padres atesoraban palabras, cantos, llamadas.
Hasta que los hombres investidos de poderosos silencios
desgarraron las lenguas de tus antiguos.
Cortaron, callaron, arrancaron, ocultaron.Ocuparon esta tierra,
pero no el corazón de sus hijos.
Grita, aúlla, resuella, descuella la lengua cercenada.
Pero no calla.
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