Y en la próxima esquina, la Iglesia de las Almas Olvidadas se erige silenciosa, sin campanas, frente a La Academia, grave y enhiesta, como en una eterna disputa, mirándose con ojos vidriosos y sin pupilas, delante de sus desgraciados hijos dilectos.
-Los dos extremos de la ignorancia, viajera- Hiroshima sonrió y su mano enfundada en guante de motoquero se aferró a la mía.
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