Los magos escribieron en el círculo de hierro.
Luego lo cubrieron de plomo y grabaron el nombre.
Sobre el nombre, grabaron el sentido, y luego cubrieron el círculo de plata.
Llegó la hora de la luna alta, y fundieron bronce para Venus.
Siguieron las horas de la noche, una tras otra, detrás de su astro, su ángel y su demonio, y los magos, cuidadosos y precavidos, revisaban sus pergaminos, pues cada estrella debía estar en su lugar.
Entonces un joven aprendiz, alguien que sólo tenía mil años,notó que el pergamino más antiguo existía una estrella, estrella desaparecida del firmamento, que no velaba por la ceremonia.
En silencio, cada mago tomó su ofrenda y la arrojó a los pies del abismo. Apagaron los fuegos sagrados, derrumbaron los ídolos, dejaron su trabajo abandonado. Se vistieron de paisanos y bajaron al valle, más sombríos que de costumbre. El mundo había acabado-
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