martes 17 de mayo de 2011

Enamorada se preparaba para el encuentro: discurría en el vértigo de su propio cuerpo sobre su límites, sus permisos y sus prohibiciones.
Necesitaba liberar zonas oprimidas por medias, cintos, pulseras, moños, hebillas.
Ya no soportaba el roce de ninguna correa, cinturón o lazo.
La sangre se inflamaba con el simple roce de una cinta, con la pulserita comprada en el quiosko. Ardiente se marcaba su pulso y se le hacía casi insoportable escuchar el latido de su corazón en el pliegue de su bombacha.
Paula sabía que iba tanta sangre, tanta presión era totalmente anormal y su situación empeoraba día a día.Ahora tendría que ir desnuda por el estudio del abogado que la contrató como asistente, ante el asombro de los clientes y del propio patrón. Cosa que pagó muy caro: un acoso sexual seguido de despido.
Pero ella seguía enamorada de su misterioso objeto del deseo,prepárandose para el encuentro, sacando todo el peso de la cultura, las monjas, los padres, todos ellos opresivos cierres de sus ropas de post adolecente. Los corría, los desgarraba, la presión subía, explotaban los botones, saltaban los aritos, se reventaban los piercings. Pero la carne sanaba, flotaba, resistía.
Y cada día veía que los límites de su vida se disolvían de manera milagrosa, sin ropas, sin zapatos, sin trabajo, sin familia, sin amigos: sola flotaba en el crépusculo violeta del espacio, donde su sangre teñía la piel de los dioses.

2 comentarios:

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    saludos

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