lunes 9 de mayo de 2011

Ellos fueron hechos en el vientre de una sola madre esa noche secreta en la cual Alá decide los destinos de todos, menos de uno.
Nacieron, una para el cielo, el otro para el infierno, pero no se dieron cuenta de eso. Y Alá sonrío.

Para ella, vivía en una ciudad sin destino, donde la historia se escribía cada día como le gustaba a los buenos maestros. Y para, él no había sitio más inmundo que su lejana ciudad de fundiciones y trenes.
Pero los dos se conocían. Los dos esperaban.
Estaban seguros de verse algún día y reconocer en el otro, en la otra, el rostro del amado perdido hace siglos.
Y Alá los bendecía

Ella se inclinaba frene a las estatuas suavemente perfumadas por el incienso barato que quemaba en la vieja iglesia de la colina.

Él mordía el pavimento con las ruedas de sus motos robadas, huyendo al destino, al ángel que escribe en la piel delgada de un animal sin nombre segundo a segundo nuestra vida.

Y Alá cultivaba sus rosas.
conti

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